Las últimas investigaciones
sobre el cerebro dejan entrever nuevos métodos para mejorar la lectura, la
escritura, la aritmética e incluso las destrezas sociales.
GARY STIX
Los electrodos registran las
señales eléctricas del cerebro de Elise Hardwick, de un año de edad. Elise
ayuda a los expertos a averiguar la manera en que los niños procesan los
sonidos elementales constitutivos del lenguaje.
Benasich pertenece a un grupo de
investigadores que tratan de esclarecer los procesos esenciales subyacentes al
aprendizaje a partir de los registros de la actividad cerebral. Una ciencia
nueva, la neurodidáctica, busca respuestas a cuestiones que siempre han causado
perplejidad entre psicólogos y pedagogos.
¿Qué relación existe entre la
destreza de un bebé para procesar sonidos o imágenes y la facultad que ese niño
poseerá pocos años después para aprender palabras y letras? ¿Qué conexión
guarda la capacidad de atención de un preescolar con su futuro éxito académico?
¿Qué pueden hacer los educadores para formar las habilidades sociales entre los
más pequeños? Las respuestas a esas preguntas servirán para complementar los
avances logrados tras años de investigación en psicología y ciencias de la
educación. Pero, además, un enfoque basado en la neurociencia debería ofrecer
nuevas ideas para mejorar desde la infancia el aprendizaje de tareas como la
lectura, la escritura, la aritmética o la adaptación a la compleja red social
que constituyen la espata preescolar y la escuela primaria. Si gran parte de
estos estudios se centran en los primeros años de vida, se debe a que es a
edades tempranas cuando el cerebro exhibe una mayor capacidad de cambio.
¡EUREKA!
Benasich estudio la manera en
que el cerebro de los niños muy pequeños percibe el sonido, un proceso
cognitivo fundamental para la comprensión del lenguaje, que, a su vez, resulta
básico para la lectura y escritura. Esta investigadora se centra en el estudio
de lo que ella denomina instante Eureka:
una transición brusca en la actividad eléctrica del cerebro que indica que
acaba de percatarse de algo.
En el laboratorio, se les
presentan a los niños tonos de frecuencia y duración determinadas y se
registran las variaciones de las señales cerebrales cuando oyen una frecuencia
diferente. En general, el electroencefalograma exhibe un valle como respuesta
al cambio, lo que indica que el cerebro ha reconocido algo nuevo. Una demora en
el tiempo de reacción a una variación de tono es señal de que el cerebro no ha
detectado con suficiente rapidez. Se ha demostrado que una respuesta cerebral
perezosa a la edad de seis meses puede predecir dificultades en el habla entre
los tres y los cinco años. Si las diferencias persisten durante los primeros
años o en la etapa preescolar pueden apuntar a problemas en el desarrollo de
los procesos cerebrales que ocurren durante la percepción de unas unidades
básicas del habla. Si un niño de uno o dos años no alcanza a oír o a procesar
con suficiente rapidez ciertas componentes del discurso – un ‘pa’ o un ‘da’-,
puede rezagarse en la “elocución mental” de letras o sílabas, lo que redundaría
más tarde en dificultades para leer con fluidez.
Si ya desde la infancia resulta
posible detectar problemas futuros en el habla, quizás estos podrían remediarse
si se aprovechase la plasticidad inherente a todo cerebro en desarrollo. Es
este caso, también debería ser posible mejorar la capacidades de un niño
normal. Según Benasich, el momento más favorable para el aprendizaje puede que
se situé en los primeros meses de vida.
A tal efecto podrían servir los
juegos, incluso en la cuna. Benasich y su equipo han diseñado uno que, cada vez
que se produce un cambio de tono, enseña a los bebés a volver la cabeza o a
desviar la mirada. Cuando el movimiento – que es rastreado por un sensor- es
correcto, el niño obtiene como premio unos segundos de video. En un estudio
preliminar presentado a finales del 2010, un grupo de quince bebés sanos había
conseguido, tras varias semanas de práctica, mejores resultados que un grupo de
control. Benasich confía en que sus investigaciones confirmen que el juego puede
contribuir a que niños con dificultades para procesar estos sonidos, aprendan a
responder a ellos con mayor rapidez.
Matemáticos desde la cuna
El entrenamiento cerebral precoz
puede facilitar también el desarrollo de destrezas matemáticas rudimentarias.
Los bebés poseen cierta capacidad innata para reconocer números. Cuando tal
destreza no se encuentra presente desde el primer momento, un niño puede
experimentar más tarde problemas con la aritmética y otras habilidades
matemáticas. Ejercicios que potencien este sentido para los números podrían
evitar al niño años de dificultades en la escuela.
La neurociencia ha demostrado
que los humanos nacen con una cierta noción numérica. Por supuesto que un
recién nacido no sabe resolver ecuaciones diferenciales; sin embargo, sí se ha
observado que los bebés se decantan de manera rutinaria por la hilera que más
golosinas tiene y, también, que niños de apenas unos meses ya captan el
significado de tamaño relativo. Si ven a alguien ocultar cinco objetos tras una
pantalla y, después, esconder otros cinco, manifiestan sorpresa si, cuando se
retira la mampara, aparecen solo cinco objetos. Los bebés parecen poseer otras
habilidades matemáticas innatas: no solo se muestran campeones en la
estimulación a ojo, sino que también logran distinguir números exactos, aunque
solo hasta el tres o el cuatro. Las investigaciones de Dehaene han resultado
clave a la hora de determinar la importancia del surco intraparietal (región
del lóbulo parietal alojada en la zona posterior de la coronilla) en la
representación de números y cantidades aproximadas.
Cualquier déficit en dicha
facultad innata puede traducirse en dificultades futuras. Hace unos veinte
años, Dehaene conjeturó que los niños se basaban en ese método de estimulación
a ojo para desarrollar su capacidad de cálculo a medida que iban creciendo. Y,
de hecho, durante el último decenio se ha comprobado que los bebés con
dificultades en dicha habilidad puntúan después más bajo en los test escolares
de destreza matemática. “Ahora sabemos
que el aprendizaje de una disciplina como la aritmética se apoya en cierta
clase de conocimiento básico que ya se posee en la primera infancia”, afirma
Dehaene.
La disculculia (el equivalente a
la dislexia en el aprendizaje de las matemáticas) es una discapacidad que
afecta a entre el 3 y el 6 por ciento de los niños. Aunque ha recibido mucha
menos atención que la dislexia, sus consecuencias no son necesariamente menos
graves.
Al igual que en el lenguaje,
también aquí la intervención precoz podría potenciar las facultades
matemáticas. Con este objetivo, Dehaene y su equipo, han diseñado un juego de
ordenador sencillo para entrenar las facultades básicas mencionadas en niños de
entre cuatro y ocho años. En una de las versiones, el jugador ha de elegir la
mayor de las cantidades de monedas de oro antes de que un oponente controlado
por el programa se apodere de ella. El juego se adapta de manera automática a
la destreza del niño, quien, en los niveles más altos, ha de añadir o retirar
oro antes de efectuar la comparación que le permita elegir el montón mayor. Si
gana, avanza un número de peldaños igual al de monedas obtenidas. Vence quien
llega primero al último escalón del tablero.
Aprender a dominarse
Los fundamentos cognitivos de un
buen aprendizaje dependen en gran medida de lo que los psicólogos denominan
“función ejecutiva”, un concepto que abarca atributos cognitivos como la
capacidad de mantener la atención, la de retener en la memoria de trabajo
–nuestra agenda de notas mental- lo que acabamos de ver u oír, o la de aplazar
la satisfacción de un deseo. Todas estas facultades pueden servir para predecir
el éxito escolar o incluso el laboral de un individuo. Un famoso experimento
realizado en 1972 en la Universidad Stanford (“Aquí tienes un caramelo, te daré
otro si no te lo comes hasta que vuelva”) demostró la importancia de la función
ejecutiva: a los niños que, por mucho que deseasen la golosina, lograron
esperar les fue mejor en la escuela y, más tarde, en la vida.
Desde hace unos diez años se
alienta la idea de que la función ejecutiva puede educarse. Al respecto, un
programa educativo denominado “Herramientas mentales” ha tenido éxito entre las
escuela de algunos barrios desfavorecidos, donde por regla general el
rendimiento académico es menos que entre las clases más altas. El programa
entrena a los pequeños a resistir tentaciones y distracciones, así como a
practicar tareas diseñadas para reforzar la memoria de trabajo y agilidad
mental. En un ejemplo de tarea para fomentar la autodisciplina, el niño podía
decirse a sí mismo en voz alta lo que debía hacer. El potencial de estas
técnicas para mejorar el autocontrol se antoja tan elevado que algunos
economistas han propuesto medidas públicas para implantarlas en los centros de
educación superior. Según señalaban los
autores de un estudio publicado en Proccedings
of the National Academy of Sciences, dichas medidas servirían para
‘reforzar la salud física y económica de la población y reducir la
delincuencia’.
La neurociencia ha venido en
respaldo de dicha idea. Algunos estudios recientes parecen indicar que la
tediosa práctica de ‘resistirse a las golosinas’ tal vez no sea necesaria:
también la educación musical podría resultar eficaz. Algunos experimentos
apuntan a que la práctica regular de un instrumento musical mejora el
rendimiento escolar. Al parecer, se trata de una actividad que mejora la
atención, la memoria de trabajo y el autocontrol.
Kraus, una neurocientífica, se
ha valido de electroencefalogramas para determinar la manera en que el cerebro
codifica el tono, el timbre, el ritmo y el tempo de una pieza musical, así como
para comprobar si las modificaciones nerviosas que se derivan de la práctica
musical mejoran las facultades cognitivas. Su equipo ha hallado que la música
refuerza la memoria de trabajo y, lo que tal vez sea más importante, hace de
los estudiantes mejores oyentes, una facultad que les permite aislar mejor un
discurso en el guirigay que en ocasiones se crea en la clase.
Aún se desconocen los detalles
del papel que la formación musical podría desempeñar como tonificante cerebral.
Y continúan sin respuesta numerosas preguntas sobre el tipo de ejercicios que
ayudarían a reforzar la función ejecutiva.
Publicidad exagerada
Hace algunos años nació una
pequeña industria en torno a la idea de que bastaba hacer escuchar a un bebé
una sonata de Mozart para aumentar su inteligencia. Al final, el método se
probó fallido. La investigación de Kraus sugiere que, para obtener algún
beneficio, es preciso tocar un instrumento y ejercitar las áreas cerebrales responsables del procesamiento
sonoro. Cuando más se practica, más se desarrollan las facultades para
distinguir las sutilezas auditivas. La mera escucha no basta.
Puesta a punto desde preescolar
Los expertos en neurociencia son
conscientes de que aun no pueden ofrecer recetas definitivas para potenciar el
aprendizaje. Sus trabajos, no obstante, dejan entrever las posibilidades de las
que se beneficiarán las generaciones venideras. En un artículo John D. E.
Gabrieli conjeturaba que en combinación con los test psicológicos
tradicionales, el historial familiar y, tal vez, ciertos test genéticos, las
pruebas cerebrales detectarán algún día los problemas de lectura a los 6 años
de edad, permitirán intervenciones tempranas y servirán para prevenir numeroso
casos de dislexia.
Se ha demostrado que los
electroencefalogramas de niños de preescolar predicen cuál será su habilidad
lectora en quinto grado, mejor que los test psicológicos al uso. Combinadas con
los métodos tradicionales, las pruebas cerebrales podrían ayudar a calibrar las
aptitudes de cada niño antes de que ingresara a la escuela y, en caso
necesario, remediar sus deficiencias gracias a los métodos que los
neurocientíficos intentan perfeccionar. Si los pronósticos de Gabrieli se hacen
realidad, el estudio del cerebro dotará de un nuevo significado al concepto de
enseñanza individualizada. Un significado que implicará reforzar la capacidad
de aprendizaje antes del primer día de clase.
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