domingo, 15 de junio de 2014

TÉCNICAS PARA LA ESTIMULACIÓN DEL APRENDIZAJE – Artículo de “Investigación y Ciencia”

Las últimas investigaciones sobre el cerebro dejan entrever nuevos métodos para mejorar la lectura, la escritura, la aritmética e incluso las destrezas sociales.
                                                                                                                                   GARY STIX

Los electrodos registran las señales eléctricas del cerebro de Elise Hardwick, de un año de edad. Elise ayuda a los expertos a averiguar la manera en que los niños procesan los sonidos elementales constitutivos del lenguaje.

Benasich pertenece a un grupo de investigadores que tratan de esclarecer los procesos esenciales subyacentes al aprendizaje a partir de los registros de la actividad cerebral. Una ciencia nueva, la neurodidáctica, busca respuestas a cuestiones que siempre han causado perplejidad entre psicólogos y pedagogos.
¿Qué relación existe entre la destreza de un bebé para procesar sonidos o imágenes y la facultad que ese niño poseerá pocos años después para aprender palabras y letras? ¿Qué conexión guarda la capacidad de atención de un preescolar con su futuro éxito académico? ¿Qué pueden hacer los educadores para formar las habilidades sociales entre los más pequeños? Las respuestas a esas preguntas servirán para complementar los avances logrados tras años de investigación en psicología y ciencias de la educación. Pero, además, un enfoque basado en la neurociencia debería ofrecer nuevas ideas para mejorar desde la infancia el aprendizaje de tareas como la lectura, la escritura, la aritmética o la adaptación a la compleja red social que constituyen la espata preescolar y la escuela primaria. Si gran parte de estos estudios se centran en los primeros años de vida, se debe a que es a edades tempranas cuando el cerebro exhibe una mayor capacidad de cambio.

¡EUREKA!
Benasich estudio la manera en que el cerebro de los niños muy pequeños percibe el sonido, un proceso cognitivo fundamental para la comprensión del lenguaje, que, a su vez, resulta básico para la lectura y escritura. Esta investigadora se centra en el estudio de lo que ella denomina instante Eureka: una transición brusca en la actividad eléctrica del cerebro que indica que acaba de percatarse de algo.
En el laboratorio, se les presentan a los niños tonos de frecuencia y duración determinadas y se registran las variaciones de las señales cerebrales cuando oyen una frecuencia diferente. En general, el electroencefalograma exhibe un valle como respuesta al cambio, lo que indica que el cerebro ha reconocido algo nuevo. Una demora en el tiempo de reacción a una variación de tono es señal de que el cerebro no ha detectado con suficiente rapidez. Se ha demostrado que una respuesta cerebral perezosa a la edad de seis meses puede predecir dificultades en el habla entre los tres y los cinco años. Si las diferencias persisten durante los primeros años o en la etapa preescolar pueden apuntar a problemas en el desarrollo de los procesos cerebrales que ocurren durante la percepción de unas unidades básicas del habla. Si un niño de uno o dos años no alcanza a oír o a procesar con suficiente rapidez ciertas componentes del discurso – un ‘pa’ o un ‘da’-, puede rezagarse en la “elocución mental” de letras o sílabas, lo que redundaría más tarde en dificultades para leer con fluidez.
Si ya desde la infancia resulta posible detectar problemas futuros en el habla, quizás estos podrían remediarse si se aprovechase la plasticidad inherente a todo cerebro en desarrollo. Es este caso, también debería ser posible mejorar la capacidades de un niño normal. Según Benasich, el momento más favorable para el aprendizaje puede que se situé en los primeros meses de vida.
A tal efecto podrían servir los juegos, incluso en la cuna. Benasich y su equipo han diseñado uno que, cada vez que se produce un cambio de tono, enseña a los bebés a volver la cabeza o a desviar la mirada. Cuando el movimiento – que es rastreado por un sensor- es correcto, el niño obtiene como premio unos segundos de video. En un estudio preliminar presentado a finales del 2010, un grupo de quince bebés sanos había conseguido, tras varias semanas de práctica, mejores resultados que un grupo de control. Benasich confía en que sus investigaciones confirmen que el juego puede contribuir a que niños con dificultades para procesar estos sonidos, aprendan a responder a ellos con mayor rapidez.

Matemáticos desde la cuna
El entrenamiento cerebral precoz puede facilitar también el desarrollo de destrezas matemáticas rudimentarias. Los bebés poseen cierta capacidad innata para reconocer números. Cuando tal destreza no se encuentra presente desde el primer momento, un niño puede experimentar más tarde problemas con la aritmética y otras habilidades matemáticas. Ejercicios que potencien este sentido para los números podrían evitar al niño años de dificultades en la escuela.
La neurociencia ha demostrado que los humanos nacen con una cierta noción numérica. Por supuesto que un recién nacido no sabe resolver ecuaciones diferenciales; sin embargo, sí se ha observado que los bebés se decantan de manera rutinaria por la hilera que más golosinas tiene y, también, que niños de apenas unos meses ya captan el significado de tamaño relativo. Si ven a alguien ocultar cinco objetos tras una pantalla y, después, esconder otros cinco, manifiestan sorpresa si, cuando se retira la mampara, aparecen solo cinco objetos. Los bebés parecen poseer otras habilidades matemáticas innatas: no solo se muestran campeones en la estimulación a ojo, sino que también logran distinguir números exactos, aunque solo hasta el tres o el cuatro. Las investigaciones de Dehaene han resultado clave a la hora de determinar la importancia del surco intraparietal (región del lóbulo parietal alojada en la zona posterior de la coronilla) en la representación de números y cantidades aproximadas.
Cualquier déficit en dicha facultad innata puede traducirse en dificultades futuras. Hace unos veinte años, Dehaene conjeturó que los niños se basaban en ese método de estimulación a ojo para desarrollar su capacidad de cálculo a medida que iban creciendo. Y, de hecho, durante el último decenio se ha comprobado que los bebés con dificultades en dicha habilidad puntúan después más bajo en los test escolares de destreza matemática.  “Ahora sabemos que el aprendizaje de una disciplina como la aritmética se apoya en cierta clase de conocimiento básico que ya se posee en la primera infancia”, afirma Dehaene.
La disculculia (el equivalente a la dislexia en el aprendizaje de las matemáticas) es una discapacidad que afecta a entre el 3 y el 6 por ciento de los niños. Aunque ha recibido mucha menos atención que la dislexia, sus consecuencias no son necesariamente menos graves.
Al igual que en el lenguaje, también aquí la intervención precoz podría potenciar las facultades matemáticas. Con este objetivo, Dehaene y su equipo, han diseñado un juego de ordenador sencillo para entrenar las facultades básicas mencionadas en niños de entre cuatro y ocho años. En una de las versiones, el jugador ha de elegir la mayor de las cantidades de monedas de oro antes de que un oponente controlado por el programa se apodere de ella. El juego se adapta de manera automática a la destreza del niño, quien, en los niveles más altos, ha de añadir o retirar oro antes de efectuar la comparación que le permita elegir el montón mayor. Si gana, avanza un número de peldaños igual al de monedas obtenidas. Vence quien llega primero al último escalón del tablero.

Aprender a dominarse
Los fundamentos cognitivos de un buen aprendizaje dependen en gran medida de lo que los psicólogos denominan “función ejecutiva”, un concepto que abarca atributos cognitivos como la capacidad de mantener la atención, la de retener en la memoria de trabajo –nuestra agenda de notas mental- lo que acabamos de ver u oír, o la de aplazar la satisfacción de un deseo. Todas estas facultades pueden servir para predecir el éxito escolar o incluso el laboral de un individuo. Un famoso experimento realizado en 1972 en la Universidad Stanford (“Aquí tienes un caramelo, te daré otro si no te lo comes hasta que vuelva”) demostró la importancia de la función ejecutiva: a los niños que, por mucho que deseasen la golosina, lograron esperar les fue mejor en la escuela y, más tarde, en la vida.
Desde hace unos diez años se alienta la idea de que la función ejecutiva puede educarse. Al respecto, un programa educativo denominado “Herramientas mentales” ha tenido éxito entre las escuela de algunos barrios desfavorecidos, donde por regla general el rendimiento académico es menos que entre las clases más altas. El programa entrena a los pequeños a resistir tentaciones y distracciones, así como a practicar tareas diseñadas para reforzar la memoria de trabajo y agilidad mental. En un ejemplo de tarea para fomentar la autodisciplina, el niño podía decirse a sí mismo en voz alta lo que debía hacer. El potencial de estas técnicas para mejorar el autocontrol se antoja tan elevado que algunos economistas han propuesto medidas públicas para implantarlas en los centros de educación superior.  Según señalaban los autores de un estudio publicado en Proccedings of the National Academy of Sciences, dichas medidas servirían para ‘reforzar la salud física y económica de la población y reducir la delincuencia’.
La neurociencia ha venido en respaldo de dicha idea. Algunos estudios recientes parecen indicar que la tediosa práctica de ‘resistirse a las golosinas’ tal vez no sea necesaria: también la educación musical podría resultar eficaz. Algunos experimentos apuntan a que la práctica regular de un instrumento musical mejora el rendimiento escolar. Al parecer, se trata de una actividad que mejora la atención, la memoria de trabajo y el autocontrol.
Kraus, una neurocientífica, se ha valido de electroencefalogramas para determinar la manera en que el cerebro codifica el tono, el timbre, el ritmo y el tempo de una pieza musical, así como para comprobar si las modificaciones nerviosas que se derivan de la práctica musical mejoran las facultades cognitivas. Su equipo ha hallado que la música refuerza la memoria de trabajo y, lo que tal vez sea más importante, hace de los estudiantes mejores oyentes, una facultad que les permite aislar mejor un discurso en el guirigay que en ocasiones se crea en la clase.
Aún se desconocen los detalles del papel que la formación musical podría desempeñar como tonificante cerebral. Y continúan sin respuesta numerosas preguntas sobre el tipo de ejercicios que ayudarían a reforzar la función ejecutiva.

Publicidad exagerada
Hace algunos años nació una pequeña industria en torno a la idea de que bastaba hacer escuchar a un bebé una sonata de Mozart para aumentar su inteligencia. Al final, el método se probó fallido. La investigación de Kraus sugiere que, para obtener algún beneficio, es preciso tocar un instrumento y ejercitar las áreas  cerebrales responsables del procesamiento sonoro. Cuando más se practica, más se desarrollan las facultades para distinguir las sutilezas auditivas. La mera escucha no basta.

Puesta a punto desde preescolar
Los expertos en neurociencia son conscientes de que aun no pueden ofrecer recetas definitivas para potenciar el aprendizaje. Sus trabajos, no obstante, dejan entrever las posibilidades de las que se beneficiarán las generaciones venideras. En un artículo John D. E. Gabrieli conjeturaba que en combinación con los test psicológicos tradicionales, el historial familiar y, tal vez, ciertos test genéticos, las pruebas cerebrales detectarán algún día los problemas de lectura a los 6 años de edad, permitirán intervenciones tempranas y servirán para prevenir numeroso casos de dislexia.

Se ha demostrado que los electroencefalogramas de niños de preescolar predicen cuál será su habilidad lectora en quinto grado, mejor que los test psicológicos al uso. Combinadas con los métodos tradicionales, las pruebas cerebrales podrían ayudar a calibrar las aptitudes de cada niño antes de que ingresara a la escuela y, en caso necesario, remediar sus deficiencias gracias a los métodos que los neurocientíficos intentan perfeccionar. Si los pronósticos de Gabrieli se hacen realidad, el estudio del cerebro dotará de un nuevo significado al concepto de enseñanza individualizada. Un significado que implicará reforzar la capacidad de aprendizaje antes del primer día de clase. 

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